SI TÚ CAES, YO CAIGO - TRANSILICITANA 2017

SI TÚ CAES, YO CAIGO

En el kilómetro 60 de la Transilicitana pronuncié la frase que da título a este post. Y lo hice a modo de anécdota sin pensar que sería la protagonista de mi carrera. Volvía a los 100 kilómetros un año después de debutar y lo hacía por sentir que esta distancia tiene algo que engancha a quien la hace. Para mi la Transilicitana es una prueba distinta al resto, intensa, profunda y llena de matices. Una prueba que te lleva a tu límite, que saca lo mejor y lo peor de cada persona. Y por eso volví este año a ponerme su dorsal.

Yo nunca me planteé correr esta distancia. Nunca. Pero hace tres años mi entrenador se enfrentó a esta prueba solo y yo me comprometí a acompañarle durante un tramo. En aquel año la mala suerte hizo que un problema estomacal acabara con sus ilusiones a mitad de la prueba y que yo no pudiera cumplir con mi cometido. Fue ese día cuando le dije: “el año que vuelvas a hacerla yo la haré contigo para llevarte a meta”. Él se rió pero yo cumplí mi palabra y así lo hice el año pasado y desde entonces tenemos un pacto: el de hacer la Transilicitana juntos. Si alguno de los dos cae, la prueba se termina para el otro. Puede que no todo el mundo lo entienda. Pero los pactos están para cumplirlos.

Así que esta vez, a diferencia de hace un año, había llevado unos entrenamientos más irregulares y mi anemia me colocó en la línea de salida con cautela, sin objetivos, sin prisa y con ganas de volver a disfrutar. Salí tranquila, controlada, con el objetivo de encontrarme bien y llevar las largas horas lo mejor posible. Y lo conseguí desde el primer momento. Iba rodeada de gente conocida, amigos que me hacían olvidarme del reloj y cada avituallamiento era una fiesta. Poco a poco me fui relajando pero sin perder la noción de dónde estaba y regulando mis fuerzas. Fueron pasando los kilómetros y la Transilicitana se dejaba notar en mis piernas. Ya habíamos dejado atrás la montaña, la playa, los caminos interminables y nos quedaba la parte final. A partir del kilómetro 50 noté como mi entrenador no hablaba demasiado y no quise molestar. Hay veces que esta prueba te pide mucho trabajo interior. Pero no lo notaba bien. Estaba serio y pensativo y yo, sin saber lo que se le pasaba por la cabeza, le dije que bajara el ritmo, que lo importante era acabar. Yo me notaba con fuerzas, estaba contenta por las sensaciones que estaba experimentando después de tantas horas y por eso lo animaba. Llevaba casi 10 horas en movimiento y mi cuerpo estaba respondiendo mejor de lo que pensaba.

Llegamos a Elche y allí estaba el avituallamiento del kilómetro 67. Me esperaban familiares y amigos y fue realmente increíble, el subidón que necesitaba para afrontar la peor zona de la prueba. Nos cambiamos rápido de ropa y nos pusimos en marcha. Decidimos que la haríamos con un grupo de buenos amigos ya que seria más fácil ir acompañados. Ya de noche nos adentramos en el tramo más complicado y pasado el kilómetro 70 comprobé que algo no iba bien. Decidí marcar el ritmo pero al rato mis temores se cumplían: mi entrenador se retiraba con tristeza pero no había necesidad de seguir sufriendo el tramo más duro de la prueba, el tramo en el que necesitas apostar todas tus fuerzas. El calor del día, las horas que llevábamos y el cansancio pasa factura cuando menos te lo esperas y por eso hay que tenerle un respeto inmenso a esta prueba.

Y no me lo pensé dos veces. Me retiraba yo también después de 75 kilómetros. Mis amigos los entendieron perfectamente y nos despedimos de ellos con tristeza pero también con alegría de saber que lo iban a conseguir (enhorabuena compañeros). Para mi no tenía sentido llegar “sola” a meta, tener una medalla pero no poder compartirla. Y por eso hice lo que mi cabeza me decía: no abandones a quien ha confiado en ti desde el primer día, a quien ha creído que podías ponerte un dorsal a pesar de tu escasa forma física, a quien ha perdido su tiempo en salir a entrenar contigo cuando tú no tenías ganas, a quien se ha sumado a mis locuras aún sabiendo que no estaba preparada para ellas… Y así acabó esta prueba. Y con ella me di cuenta que no siempre hay que atravesar el arco de meta para sentirse ganadora.

P.D: volveré a ponerme el dorsal en 2019. Recuerda Transilicitana que no me rindo fácilmente.

P.D: el deporte me ha enseñado a comprender que los valores que se aprenden a golpe de zapatilla marcan muchas de las decisiones difíciles que a veces afrontamos.

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comments (7)

Natalia
15 marzo, 2017 Reply

Los que hemos empezado en esto sin apenas nadie que confiara en nosotros sabemos lo importante que son esas personas que siempre están ahí para apoyarnos y tú has devuelto un trocito de esa confianza que te dieron, has estado de 10 Erica!! Personas con vuestra calidad humana en el deporte se tienen que valorar mucho. Felicidades a los dos porque tener el valor de intentarlo ya es una victoria! Salud y km!!

Andrés
15 marzo, 2017 Reply

Comparto todas y cada una d tus sensaciones y por supuesto,la d retirarte junto con tu caricoach.
Mi más sincera enhorabuena Erika.

Cristina
15 marzo, 2017 Reply

Ánimo eres ....impresionante. te lo pondras pondrán en el 2018???

paco
15 marzo, 2017 Reply

Gran gesto que te honra, no todo son medallas. Un saludico.

Desti
15 marzo, 2017 Reply

Me encanta!! Cabeza y corazón!!
Me consta que es una prueba muy dura. Enhorabuena por esos 75 Km. y por ser tan buenos compañeros de aventura.
Yo la haré algún día, igual me animo para el 2019 ;-)
Un saludo.
Desti

Mercedes Alonso
15 marzo, 2017 Reply

Eres una gran persona Erika y con decisiones como está no haces más que demostrarlo. Es una suerte tenerte como amiga. Gracias. No cambies nunca. Se siempre como eres ahora. 😘

Tatiana
15 marzo, 2017 Reply

Me encanta!!! Tu historia es una buena motivación para empezar a creer en los sueños.😚😚

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